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1029 palabras de una novela inacabada



 



1029 palabras de una novela inacabada
Próximo Autor: Juan Carlos Manzano


Páramo es un lugar curioso. Eso le pareció a Sacha Ortiz la pasada tarde, cuando sucumbió y se echó en brazos de Google, con solo teclear la palabra: PÁRAMO. 
Antes de la guerra, Páramo tenía un nombre poco agraciado y retorcido, hasta que llegó una batalla tan imprevista como fuera de toda lógica militar, que duró solo tres días con sus noches. Páramo quedó arrasado por completo, tras un aterrador y dramático bombardeo, donde tuvo que soportar las ensordecedoras explosiones de cientos de obuses que fagocitaron por completo: sus casas, plazas, iglesias, convento y calles, dejando huérfano el lugar de cualquier signo de habitabilidad.  

Los vencedores bautizaron aquel montón de ruinas y polvo, con otra denominación, más aparente con el gusto de los nuevos tiempos de imposiciones; el nombre actual tiene un excesivo tufillo angelical, que casi todo el mundo ignora. En Páramo, jamás, ni antes ni después, con o sin guerra, se menciona otro nombre para el lugar que no sea: Páramo.

Según Wikipedia, poco después de que anduvieron a paso ligero por sus terrenos baldíos y charcas los romanos, florecieron numerosas minas de relativa importancia, escondidas entre sus campos azotados por el viento y las nieves tardías.  El sudor y las fatigas de sus incansables labradores eran el preludio de los suspiros y lamentos, tras cada cosecha. Los cultivos se resistían a crecer como debían, y su extenuado verdor, entristecía con sus pardas tonalidades el mortecino paisaje. Quizá por eso, mientras la numerosa saga de los Zabalza abría agujeros en su suelo, como una turba de prolijos conejos, y se enriquecían con sus tenebrosas minas, la familia de los Bello, se empecinó en la crianza de unos cerdos de raza imprecisa que amontonaban con suma facilidad, sobre sus esqueletos, arrobas de consistentes carnes y tocinos. Tantísimo animal porcino llegó a empadronarse en Páramo, que inevitablemente contaminó, con pestilentes altas emisiones, esparcidas por toda la atmosfera que allí se respira, en especial cuando los inmutables vientos arrecian y rolan de solano. Las turbias aguas, que bajan por la tímida ladera de la finca “El Milano”, propiedad de la familia Bello, además de matar a todo ser vivo que quisiera habitar en el río Páramo, lo han corrompido irremediablemente, con el lodazal de sus purines, para el resto de la historia que esté por venir. 

El río Páramo no fue un río como tal, sino un tímido y tísico arroyo, hasta que los Zabalza se empeñaron en abrir una mina en una de las escasas lomas que hay en el lugar. Para su ruinosa sorpresa, se vieron tan sobrecogidos como inundados por un inagotable manantial de aguas gélidas y medio salobre que, incansable, alimenta con poderosa fluidez el caudal del río Páramo, que ya no le teme a los largos periodos sin lluvias para mantener su infructuoso caudal. Semejante chasco les sucedió a los Zabalza, por descreídos y por hacer caso omiso, a la vara de avellano de la gitana Silveria. La gitana Silveria se crio en Páramo a la fuerza. La abandonaron, siendo niña, en mitad de la calle, el día en que sus padres, unos titiriteros que llegaron al lugar con una carpa remendada y sucia, abandonaron Páramo con sus perros amaestrados, dos cabras y un burro que obedecía como obedecen los perros caseros enseñados. A la pobre niña, la acogió por misericordia Ricarda Zabalza, una de las hijas bastardas de don Ricardo el viejo Zabalza. La niña, por misteriosas razones, aún no esclarecidas, además de adivinar con su ramita de avellano donde había agua, predecía con una magistral exactitud, las pocas nubes que llegaban a Páramo y lo que estas escondían en sus cárdenos vientres preñados.
Cuentan los que la vieron, que a la gitana Silveria, cuando subió con su proverbial y concentrada calma, y su varita de avellano agarrada entre sus manos, por la loma donde los Zabalza andaban expectantes para abrir una nueva mina; la ramita, empezó a temblar con un endiablado frenesí, hasta que se quebró por completo, sola, con el mismo “¡crack!” que si la hubieran partido con las dos manos.
Para el padre de Carlos Bello, el nieto del fundador de la primera granja de cerdos, el tránsito de tanta agua río abajo, le dio la bolsa y la vida. Pasó de criar, con justeza, unas docenas de los imponentes cerdos a superar el millar, al margen de los sementales y las cerdas para la crianza.
La finca de la familia Bello, ensanchó sus invisibles fronteras mediante la compra a los distintos vecinos, derrotados y rendidos por una madre naturaleza tan áspera y atraídos por su oferta económica. Además, con el acuerdo, se aseguraban un ajustado jornal al pasar a formar parte de la nómina de la empresa familiar “Páramo Agropecuaria S.L.”
Aunque el viejo Zabalza, se retuerza en su pomposo mausoleo-tumba, es la única cosa que sobresale por encima de las tapias del viejo cementerio de Páramo, es incuestionable que la expansión motivadora de la saga de los Bello, además del salino sudor de sus muchos jornaleros y jornaleras, son los auténticos artífices del crecimiento de Páramo.
Mientras los Zabalza (ellos) diseminaban su semilla por toda la población, se contaban en algunos casos más hijos ilegítimos que los nacidos en el matrimonio bendecido cristianamente, la saga de los Bello se ceñía a buscar la riqueza por encima de todo. El padre del penado, Carlos Bello, se casó con una bastarda de uno de los hijos del viejo Zabalza. La mujer tenía tan poca gracia, más bien ninguna, y era mala con avaricia. Pero la Zabalza, poseía una magnífica dote, que el viejo Bello, supo gestionar con habilidad y eso le permitió construir las mejores naves, corraletas, silos y embarcaderos para su creciente y floreciente negocio porcino.
Dos hijos, Carlos y Ángel, le nacieron al viejo Bello y a su endiablada mujer, que terminaría sospechosamente sus días ahogada en el pozo que había cavado, pico y pala, de joven su marido, junto a su padre y un tío carnal suyo, que terminó sus días desaparecido, sin que nadie se explique el porqué. Aquel hombre pasaba por ser la persona más divertida, el peor deudor y el hombre más guapo de Páramo.

Muy de tu rollo

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