DIOS
Don Juan de Dios Salcedo y Pineda, era dueño de media provincia y esa condición le llegó por herencias sucesivas desde unas cuantas generaciones atrás.
Nunca nadie fue capaz de decirlo, ni delante de él, ni de su extensa y beligerante prole, pero todos le conocían por: el Dios.
Sus colonos se afanaban por sobrevivir y se distribuían en tres grandes alquerías. Ni los más florecientes pueblos de los alrededores, superaban; tanto en número de habitantes como en actividad agrícola y ganadera, a los enclaves propiedad del Dios.
Además del inacabable perímetro de tierras de cultivo, los dominios del Dios abarcaban: montañas, valles, y un río, hermoso, con el caudal justo para las necesidades de sus colonos.
Su mayordomo mayor, un despreciable idiota muy rico, imponía su férreo control, a todo, con mano dura y destrozando con sus bufonadas cualquier atisbo de mesura y humor.
Todo iba, como tenía que ir, hasta que el rey, nuestro señor, al no disponer del oro suficiente en el tesoro de la corte, casi siempre pelado o pendiente de algún préstamo de cualquier banquero poderoso, echó mano, de una extensión enorme de terreno. Estas tierras, situadas al sur de los dominios del Dios, se colonizaron entre sus veteranos soldados ya licenciados, en pago de tantos sufrimientos y sinsabores.
Aquellos malditos soldados venían aprendidos, enseñados o con conocimientos, de mucho de lo que vieron y oyeron al andar de derrota en derrota por medio mundo: Flandes, las Américas, Génova, Filipinas, etc. Y además de las tareas que la tierra donada por el rey nuestro señor requería, empezaron a desarrollar oficios poco conocidos por aquellas latitudes olvidadas, como: cerámica, metales, herramientas; e introdujeron nuevos cultivos, como los árboles frutales.
Los colonos del Dios, empezaron a descubrir, las estilizadas tijeras, las magníficas azadas de acero, los carros de más de un eje y el sabor dulce de manzanas, naranjas y peras.
El comerció floreció entre los nuevos vecinos y los colones del Dios, que se prestaron en adquirir y asumir cambios en sus hábitos de consumo, en los ajuares domésticos y en el uso de nuevas herramientas.
—Estos malditos veteranos del rey, nos están haciendo mermar la bolsa, señor —–dijo el imbécil y servil mayordomo mayor al Dios—. Los nuestros visitan menos el economato y nuestras herramientas no salen de la trastienda.
A Dios, ni a ninguno de sus antepasados, nadie había sido capaz de retarle y seguir vivo como si tal cosa. Y aquellos intrusos se lo estaban poniendo muy difícil. Él había sido siempre el único amo de todo, el creador de la justicia y quien designaba y señalaba el bien o el mal.
El Dios miró a su mayordomo mayor, circunspecto, pero altivo, por muy rico que fuera el mayordomo mayor, e hizo lo único que pueden y deben hacer los dioses. NO SER HUMANOS.
En pocas semanas, se empezó a cavar con furia y bajo el látigo del cruel imbécil del mayordomo mayor, un nuevo curso para desviar el río, que ya no regaría los extensos frutales que mimaban aquellos apestosos ex soldados, del rey a los que se les prohibió la entrada libremente en las tierras del Dios. Todas las herramientas, los cántaros y calderos de bronce, cualquier mercancía que tuviera su origen en el sur, en la tierra de los apestosos vecinos, se vio gravado, con un diezmo a liquidar, en ducados de oro, nada más pisar la tierra del Dios. Solo algunos colonos arrastrados por siglos de terquedad y pleitesía, como bobos de oficio, vitoreaban al Dios, ¡vivan las caenas!
El resultado de todo aquello fue el que cualquiera se puede imaginar. Todo fue de mal en peor. Pero al Dios, nadie fue tan osado para decírselo. Aunque, jamás lo hubiera entendido.
Toda esta cruel barbaridad pudo ocurrir en algún momento de la edad media.
Ahora sería impensable.
No hay comentarios
Publicar un comentario