La infinita dama de todo.
El tiempo pasa, nadie lo detiene, ni tan siquiera tú.
Los obsequios de tus días perduran más, tiene una longevidad adicional, extra, como la inagotable delicadeza de tu alma, que la compartes con generoso desprendimiento en cada palabra y en cada silencio.
Todos te gozamos y a todos nos sorprendes con el aliento de un cariño que te nace de forma enigmática, a borbotones, como un manantial enloquecido de amor y así, nos rebautizas en cada encuentro para alentarnos y sostenernos con tu fe, con esa bondad que cada día te es más propia, más tuya.
Ya sabes que hace muchos años me rendí, plegué mi intratable orgullo y aleje de mis días cualquier intento de estar a tu altura y desde entonces, desde aquel día perdido en la memoria, dejo para otra vida, lo que aprendo a tu lado. Pero, así y todo, resolví rápido y con secreta determinación, guardé en el rincón más propio de mi alma y conciencia, cualquier creencia que no fueras tú.
Hace un año, o quizás dos, te escribí que las palabras y tú sois completamente incompatibles. Yo no soy capaz de escribir pensado en ti, porque en ti solo se puede pensar y soñar.
Las palabras no te hacen justicia, ni nada en este mundo, porque tú no eres de aquí. Tu sitio está en otra parte, que yo desconozco, donde la gravedad te envuelva y aleje de ti el segundero del tiempo real, ese impostor que hace el falso recuento de tus días, como si tu vida y lo que tú eres se pueda medir de alguna manera.
Como verás, me vuelvo a perder en salvas de amor al aire, en el grito irreverente de la impotencia, en una caótica celebración de tenerte que ni tan siquiera soy capaz de expresar con un mínimo de coherencia con lo que siento. Andado tan perdido como siempre, que me tengo que pronunciar sobre lo que eres.
Cuando nació la idea de Eva Camacho, me propuse colarme en la realidad por la puerta de atrás y así poder acercarme a ti. Busqué palabras soñadas y atrevidas, nuevas más allá de la locura, pero tuve que desistir porque, como ahora y como ayer, me vi atrapado por la incontenible sensación de no poder alcanzar con ninguna expresión la larga estela de tu dulce imagen.
Hoy y siempre, el principio y el fin de todo.
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