M & M
En realidad, esto del patriotismo es un negocio de hoy, ayer y siempre; que se basa en dos pilares básicos e imprescindibles. Mandar & Mangar.
Ojo, en este caso el orden sí es importante.
Todas las dictaduras de la historia han cumplido los sagrados preceptos del M&M y la misma receta podría extenderse a las democracias de medio pelo o en fase de derribo, como es la estadounidense o la venezolana, entre otras.
Por cierto, y ya de paso, hay que indicar que ambas guardan caudillaje a dos personajes histriónicos, mentirosos compulsivos y enajenados, aunque es menos complicado, y más fácil de vender, sobre todo en la Puerta del Sol, darle duro al maduro bolivariano.
Pero, por aquí, también sabemos bastante de esta ruinosa ecuación. La corrupción se basa en estos dos mismos preceptos. Es imposible o muy difícil, o sencillamente no merece la pena ensuciarse uno, si no se da de nuevo la regla M&M. Digámoslo claro, mangar sin mandar, eso ya es choriceo barato, poco práctico y expuesto a que, en este caso, si se se aplique la ley, con toda su verdad y su fuerza.
El sheriff de Guasintong D.C y el Zarevich del Moscova, han decidido repartirse el mundo, con la ayuda de unos colegas, tan esperpénticamente imbéciles como ricos, muy ricos, Pero lo peor , es que son de los que siempre quieren más.
Pero aún no está todo dicho. El tercero en discordia está en las peores manos posibles, China. Parece claro que el mundo y su escabechina no dan para tres capos, y solo, si algún día la vieja Europa se levanta de la siesta y empieza a hacer lo que debe, dejarse la burocrática mediocridad atrás, posiblemente, la bacanal de estos dos energúmenos podría llegar a atenuarse.
Lo cierto, es que de momento ellos son los que mandan y, en consecuencia, son los que pueden mangar, lo que les venga en gana.
Al pobre ucraniano, el día que se perfume y se embadurne de vaselina, ante el novio de Stormy Daniels, solo le va a quedar, además del dolor, el consuelo de lo que suelen decir los capos en esos desgarradores momentos:
Es solo negocio, nada personal.
Y Santiago Obiscal, de rositas.
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